Para innovar en tiempos "difusos", lo mejor es volver la mirada a nosotros mismos.
La llegada de la crisis altera no solo la vida de miles de clientes y consumidores, sino también la visión de los que no la están sufriendo tanto.
Esta alteración significa una modificación de valores, de percepciones sobre lo que tiene valor y lo que no, y el precio dispuesto a pagar por ello. La innovación surge como la herramienta ideal para que en un marco donde la balanza se inclina hacia la exigencia, las empresas y distribuidores seamos capaces de ofrecer una opción valiosa y diferenciada, que le permitan al cliente conservar la convicción de estar pagando no solo calidad, sino inteligencia, emoción, actualidad, incluso confort o exclusividad. En este panorama el comercio minorista debe afrontar igualmente, este cambio de percepción, a cuya formula no le basta con la opción de comprar en oferta.
"La cuestión, a estas alturas,
no debería ser innovar o no, sino cómo"
La respuesta como en casi todo, la tenemos nosotros mismos, dentro de nosotros. Analizando la cadena de valor de nuestro negocio, adaptando nuestras actividades y enfoques para satisfacer tendencias, tipológicas de clientes, y necesidades que estamos vigilando constantemente. "Empujar los límites de nuestro negocio introduciendonos en espacios hasta ahora desconocidos" , llegando a conectar y a cooperar en ámbitos que nos aportan más valor, etc. Solo así, con rutinas bien asimiladas y creativas, análisis, observación del entorno, aplicando riesgos alineados a las tendencias del futuro, proponiendo modelos de gestión y trabajo en equipos reales y no basados en la tradición, conseguiremos obtener la cartera de proyectos innovadores que necesita nuestro negocio.
|